Tenemos hasta el último segundo de nuestras vidas para redimirnos, dar ejemplo, para dejar bien alto nuestro nombre al pasar por este miserable mundo que nos empeñamos en construir tan mal. Tenemos esa oportunidad que podemos desarrollar en cualquier momento de nuestra vida. La oportunidad de regalar una valiosa enseñanza a los que nos rodean. Que quede en el recuerdo y perdure por unos cuantos años más y, si es posible, unas cuantas generaciones más. Hacer que el paso por este mundo no sea en vano. Creo importante destacar que el momento cercano a la muerte, muestra quién es uno verdaderamente. Son tiempos difíciles donde hay que tenerlos bien puestos para ponerse a dar lecciones.
Algunas veces la suerte no acompaña y nada más nacer la mierda lo inunda todo. Nuestro entorno provoca que uno vaya arrastrando la miseria hasta el final. Ambientes despreciables llenos de ruidos miserables que no dejan mostrar quienes somos en realidad. Mostrar de qué estamos hechos y cual es nuestra verdadera esencia.
Algunas veces también coincide con que estas mismas personas, a pesar de haberse contaminado su vida y sobrevivir, son individuos adelantados a su tiempo. El paso de los años confirma que su modo de pensar era el de un ser excepcional. Gente que muestra sus dones, su sensibilidad oculta por la presión social, familiar, cultural.
Algunas veces también coincide con que estas mismas personas, a pesar de haberse contaminado su vida y sobrevivir, son individuos adelantados a su tiempo. El paso de los años confirma que su modo de pensar era el de un ser excepcional. Gente que muestra sus dones, su sensibilidad oculta por la presión social, familiar, cultural.
Llega entonces la etapa final de la vida, cuando todo se vuelve rematadamente difícil y, comportarse como un héroe tiene mucho más mérito todavía. Hace unos días he acompañado en su recta final a una de estas mujeres intrépidas. Un recta que ha durado aproximadamente 10 años. Una persona que en su proceso de desconexión de la realidad me ha enseñado una gran lección; como luchar hasta las últimas con la cabeza bien alta. Con fuerza. Sin humillarse. Sin contradecirse. El mayor orgullo es llevar esos genes de la persona que me dio ejemplo de cómo se hace. De como se vive para mantenerse digno hasta el final. Y encima, de cómo se hace desde una posición vulnerable e indefensa. Como uno tiene que luchar para despedirse con dignidad de este mundo. Para dejar la huella de una persona que es entera de pies a cabeza, de un sencillo y con coraje ser humano. De una madre que te enseña hasta el último segundo que el amor está por encima de todo.
Te quiero mami.
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